Construyendo una novela: las miguitas que dejé en Cuerpos celestiales.
En el que desgranamos una novela, desde su concepción hasta la referencia más estúpida (pero estúpida, estúpida...).
⭐ Querida lectora, dije hace algún tiempo en redes que no volvería a esta newsletter hasta haber acabado una novela (podemos llamarla así, de momento). Era una simple cuestión de productividad. Si ponía toda mi energía creativa, todo el poco tiempo que puedo dedicarle a escribir a este blog, no quedaría nada para un proyecto que ya llevaba años alargándose. Pues, bien, por suerte, puedo decir que ese proyecto se ha acabado.
Pero no vengo a hablar de él. De hecho, ni siquiera vengo con un post habitual. Esta entrada está especialmente dedicada a los lectores de Cuerpos celestiales o a la gente muy cotilla. Si entras en una de esas dos categorías, te invito a que te quedes. Y, si no, creo que puedo saciarte una curiosidad que no sabías que existía.
Es una entrada larga, con mucho contenido, y también es un poco la prueba de que no somos más que la cultura que nos atraviesa, un montón de citas cruzadas de todo lo que nos ha sorprendido alguna vez en la vida.

⭐ Hace unos días, estaba dando un paseo de esos de vaciar la cabeza con mi compañero de piso (hola, Jorge) y acabé monopolizando la conversación otra vez coméntandole que me daba un poco de pena que tantos detalles, tantas referencias de Cuerpos celestiales, se perdiesen para el lector que no cuenta con ellas. Por supuesto, no son necesarias para entender la novela (lo contrario sería un error garrafal), pero creo que pueden ayudar a darle otra dimensión al texto. Pero, básicamente, Jorge me obligó a escribir esto, para que no se pierda, como regalo a los que ya han leído la novela, como regalo a mí mismo incluso.
Vayamos por orden. Como ya dije anteriormente, esta novela empezó con un relato que escribí para un curso de la librería Casa Tomada en el que su profesora nos animaba a explorar narradores distintos a la clásica tercera persona del pasado.
Para aquel curso yo escribí La Sirena del Raval, el capítulo 1 de este libro, en el que una anciana que ha modificado su cuerpo para ser una sirena le habla a una chica a la que reconoce como algo muy similar a ella, usando una segunda persona que hace al lector ponerse directamente en el papel de la que es en realidad la protagonista.
Desconocemos el nombre de nacimiento de esa sirena, pero el lector más avispado entenderá que ella misma se dio el nombre de Aura, aunque mienta descaradamente a la receptora de sus palabras. Su verdad es más importante que cualquier documento.
No me mires así, no me conoces. Yo me llamo Aura desde que salí del coño de mi madre. Aura el niño y Aura la mujer
Cuerpos celestiales
Aura, el nombre, no la persona, salió de la canción homónima de Lady Gaga (empezamos con las referencias musicales), el título con el que abre su álbum ARTPOP y en el que alude a dejar atrás a su antiguo ser y a la importancia de la agencia propia sobre la identidad sentida:
I killed my former and
Left her in the trunk on Highway 10
[...]
I’m not a wandering slave, I am a woman of choiceAura, Lady Gaga
Después de compartir aquel relato con gente cercana, allá por 2019 (sí, tanto tiempo hace), mi amiga Coral, a la que está dedicado el libro, me dijo que le gustaría una colección de relatos similares, una colección “de monstruos y sirenas”. No pude evitar hacerle caso y allí comenzó la documentación para Cuerpos celestiales, que en aquel momento solo se llamaba Bodymod y que no tardó muchos borradores de primeros capítulos en llamarse Teresamorfosis (nombres horribles con los que yo torturo a mis documentos sucios hasta que doy con el adecuado).

Uno de los primeros documentales con los que me topé en YouTube cuando inicié la fase de documentación fue este, presentado por Grace Neutral.
En aquel momento, la novela (iluso de mí) solo exploraría la modificación corporal como expresión artística e identitaria. Todavía no había entendido que ese texto estaba muy vivo y que yo tenía ganas de mucho más.
En este reportaje, Grace Neutral, profesional del tatuaje y una persona con numerosas modificaciones corporales (además de los propios tatus, se ha sometido a cirugías plásticas, escarificaciones, dilataciones e inyección de tinta en los globos oculares), explora el mundo clandestino del tatuaje en Corea del Sur (una práctica prohibida hasta 2025).
Entre otras actividades que nos proporcionan más contexto sobre el país, Grace acompaña a una mujer adulta a decirle a sus padres que tiene parte del cuerpo tatuado. Algo tan simple como la decisión de modificar su propio cuerpo se convierte en toda una salida del armario. A ojos de unos padres conservadores, su hija se ha echado a perder al llenarse la piel de tinta, por muy bellos que fuesen los diseños. Los paralelismos con las experiencias queer, con las trans, más específicamente, terminaron de solidificarse en ese momento (no voy a reducir la novela a esto, pero creo que es fácil entender lo inseparable que es el texto de esta). Como homenaje a lo mucho que me inspiró este reportaje, llamé Grace a una de las mejores amigas de la protagonista.
Continuando precisamente con Grace, se la describe como una mujer que comenzó su camino de la modificación corporal inyectándose tinta en los ojos, “Primero el derecho y luego el izquierdo, para asegurarnos de que, si algo salía mal en el proceso, no perdería la visión completa”, una cita casi directa de la miniserie británica Years & Years, un drama de ciencia ficción distópica creada por Russell T. Davies, que está hoy más de actualidad incluso que cuando se estrenó en 2019.
Continuando con las dos amigas-hermanas de Grace, una especie de coro que comienza a aportar variedad al elenco de personajes que conforma la novela, nos encontramos con Florence y Patricia.
Las tres juntas catalizan los deseos de la protagonista y la lanzan a su infierno particular. Y, sí, como no podía ser de otra manera siendo yo el autor, las tres son una referencia a Florence Welch. Grace, la mujer cubierta de tinta, además de ser un homenaje a Grace Neutral, es una canción que Florence dedica a su hermana. Patricia, la mujer hecha de historias no contadas, recuerda a la canción del mismo nombre, dedicada a la cantautora Patti Smith (/oh, Patricia, you’ve always been my North Star/ es una frase que aparece ligeramente alterada en la novela).
Por último, Florence, una persona que es descrita como una tormenta o una corriente de agua, además de llamarse así por la propia Florence, también hace referencia a sus múltiples canciones relacionadas con este elemento (What the water gave me, Never let me go…); muchas de ellas, también, relacionadas con la figura de Virginia Woolf, escritora que acabó con su vida lanzándose al río Ouse con los bolsillos de su abrigo de piel llenos de piedras.
Lay me down
Let the only sound
Be the overflow
Pockets full of stonesWhat the water gave me, Florence + the Machine
Para terminar de recordar a mi amada Virginia Woolf (y volverlo todo más circular y endogámico si cabe), decidí abrir con el libro con una cita perteneciente a Orlando, novela de la autora en la que, siendo muy simplistas, un noble inglés que vive durante unos 500 años cambia de sexo y género, y que Woolf aprovecha para criticar el machismo del momento.
Volviendo a los documentales y las referencias cinematográficas en general, hay otros dos sin los que la historia no habría sido lo mismo.
El primero de ellos, que ya introduje en la entrada anterior, es Paris is burning (1990), dirigido por Jennie Livingstone, recoge la cultura del ball room del Nueva York de mediados y finales de los 80. Es un poco difícil de explicar (mucho más fácil de ver), pero digamos que la escena del ball room es una subcultura formada mayoritariamente por gente LGBTQ+ racializada (latina y afroamericana) en la que los participantes desfilan por una pasarela bajo determinadas categorías, en una competición por prestigio, trofeos y, en ocasiones, dinero.
Estas personas suelen (y hablo en presente, porque no es algo que se haya esfumado) organizarse en casas, una forma de “familias elegidas”. Ha inspirado productos culturales como la serie Pose o el reality show Rupaul’s Drag Race. Especialmente en su origen, estas casas constituyeron un lugar seguro para gente relegada a una pobreza y una marginación extrema, y un lugar donde expresarse con la libertad que no encontraban en su vida cotidiana.
“Me acostumbré al peso, me acostumbré a la responsabilidad de llevar algo tan grande, tan vivo, siempre conmigo. Tenía una visión que hacer realidad. Fundé algo parecido a esto, a la Haus, pero mucho más pequeño. Éramos pobres, éramos unos desconocidos, nos movíamos en la intimidad de los sótanos, los garajes y los garitos. Sin cámaras, sin focos, sin la mitad del mundo lista para apretar el gatillo”.
Cuerpos celestiales
El segundo de estos documentales es Los niños de Leningradsky (Andrzej Celiński y Hanna Polak, 2005). Se estrenó cuando yo era un adolescente y en condiciones normales no creo que me hubiese topado con él nunca, pero si algo caracterizó a mi adolescencia fue el insomnio. Así que una noche, haciendo zapping por cadenas que solo veían personas que trabajaban a turnos, me topé con esta historia sobre los casi 30.000 niños que habitaban el sistema de metro de Moscú tras la disolución de la URSS. Sin padres, sin familia, sin futuro y casi sin presente, la mayoría dedicaban su tiempo a esnifar pegamento de bolsas de plástico. Las heridas que esto les dejaba en la cara me impresionaron tanto que han viajado dos décadas conmigo hasta que, por fin, pude darles un lugar en el pasado de Áster.
Además de estas referencias durísimas, también me permití meter pequeños guiños a otros productos culturales, como Friends o American Horror Story. Probablemente, solo unas pocas personas las pillarían al vuelo, pero a mí me gustó escribirlas. Cuando el personaje de la Novia habla, dice sobre su curiosa piel que “la sintetizaron unas monjas en las montañas y que se quedaron ciegas en el proceso”. La verdad es que esto son palabras de Rachel Green (Jennifer Aniston) sobre una boda falsa que tuvo con Ross (sí, la falsa, no la verdadera en Las Vegas).
Sobre la otra serie, Áster (¿cuánto se nota que me encantó escribir a este personaje?), llega a decir “Sorpresa, ratita. Creías que ya no me volverías a ver”, recordando a las famosas palabras de Madison Montgomery, interpretada por Emma Roberts, “Surprise, bitch. I bet you thought you’d seen the last of me”, un meme o reaction pic ya histórica. Es más, para saber exactamente las palabras que usaba en la versión en castellano de la serie, hice que mi amiga Ana, que era la única que tenía acceso a la plataforma de turno, buscase el momento exacto en el que la bruja vuelve a la vida.
Hay otros detalles menores que, incluso por diminutos, ayudan a rodear a los personajes que rodean de cierta aura de realeza y misterio que era imprescindible para elevarlos a la categoría de mito. Nos encontramos con menciones a Anna Wintour, la famosa redactora de Vogue en la que se inspiró El diablo viste de Prada, o Naomi Campbell, la supermodelo; también al personaje de Mugler, cuya inspiración visual es La Chimera, diseño del mismo Thierry Mugler.

Esos no son todas las referencias, pero creo que son las más importantes, los que más podrían pasársele a alguien que no haya tenido la suerte o la desgracia de caer en los rincones más trasnochados de la televisión de hace dos décadas o del YouTube actual. Hay otras, especialmente relacionados con los apellidos que podéis encontrar a lo largo de la novela, pero creo que, por hoy, podemos tomarnos un descanso.
Y, si queréis una lección literaria que sacar de esto, pues me temo que no la tengo del todo. Sé que, como autor, soy el producto de los medios que me atraviesan, soy la música que escucho, las imágenes que me estremecen, las películas que amé y las que odié. Pero también sé que hay tantas formas de ser escritor como historias escritas.
Normalmente acabaría esta entrada con un par de estrellas más, pero creo que esta ya viene plagadita de ellas. Así que, hablemos de otras cosas.
⭐ Sobre el futuro de esta newsletter: creo que vuelvo. A medio gas, no quiero imponerme calendarios, pero he escrito mucho mientras no la escribía, he escrito sobre temas sobre los que no escribo aquí. Aún no sé si quiero que vean la luz. No lo sé. Leo mucho últimamente. Leo a mucha gente. A veces hay que dar un paso atrás y coger fuerzas antes de volver a mostrarte. A veces hay que pasarse meses leyendo tus substacks favoritos y fascinándote por lo diferentes que podemos llegar a ser las personas, maravillándote por las vidas de otros mientras la tuya se te hace un poco de bola. Así que, no sé qué saldrá de aquí.
Eso es todo por hoy, lectora. Espero que hoy hayas sentido algo de curiosidad gracias a este texto.




Gracias por estas miguitas Manu!! :3
Uf, me ha encantado todo, las referencias y cómo lo cuentas y saber qué hay detrás. ❤️